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sábado, 8 de diciembre de 2012

Historia, Historiadores, Libros (6)

La fundación de Manatí: un nuevo estudio


 

por Dr. Carmelo Rosario Natal

                                        octubre, 2012


 

De lo que se trata

No existe en la historiografía puertorriqueña un solo estudio autónomo, crítico y revisionista, reciente o no, en torno al tema que se anuncia. La información que se conoce, en el caso de las fuentes primarias que la generan, tienden a repetirse de autor en autor. En cuanto a las fuentes secundarias pertinentes y serias que se han consultado, falta acercarse a ellas con ojo escrutador y actitudes críticas que correspondan a parámetros de la ciencia histórica de hoy. Tanto a las unas como a las otras hay que hacerles preguntas nuevas, extraerles implicaciones no meditadas ni expuestas antes e intentar establecer entre ellas relaciones causales y/o de continuidades, de modo que se supere la impresión de vaguedad y discontinuidad en los relatos que conocemos.

Este ensayo es un primer intento de dialogar de nuevo con las fuentes, interpretaciones y conclusiones previas, acudiendo a una estrategia doble. Por un lado, se revisita lo que se ha escrito y sabemos, insertando al paso de esta nueva lectura preguntas, cuestionamientos y posibilidades no sugeridas. Por otra parte, se intenta auscultar con paciencia tanto las fuentes acostumbradas como las nuevas y más recientes que discretamente han ido apareciendo. Claro está, referirse a nuevas fuentes no quiere decir que se haya acumulado un acopio considerable de las que tratan específicamente de Manatí. Las "nuevas y más recientes" fuentes a que nos referimos también surgen y son atinentes a muchos otros asuntos más importantes desde el punto de vista de la metropolis colonial española, entre los cuales el tema de Manatí (y de los demás núcleos poblacionales en gestación) resulta marginal y a menudo casual, en lo relativo al período que nos interesa; a saber desde los inicios de la conquista y colonización hasta el primer tercio del siglo XVIII.

Es obvio que la discontinuidad y vaguedad señaladas en la narrativa son reflejo inevitable de la escasez y dispersión misma de las pocas fuentes disponibles.     Pese a todo, el modesto y accidentado cuadro que conocemos ha sido un aporte significativo sobre cuyos cimientos podemos comenzar a repensar el tema y a intentar reconstruirlo con más "carne" y sentido a estas alturas historiográficas. Esa es la mentalidad del historiador: el saber se adelanta desde los cimientos existentes, aprovechando y ampliando los aciertos, revisando lo que merece replanteamiento y abriendo caminos con preguntas, observaciones e interpretaciones complementarias y alternas.

¿Cómo empezó el proceso fundacional?

Cuando nos iniciábamos en el oficio de historiador, e inclusive muchos años después, con mayor práctica y experiencia, los historiadores carecíamos muchas veces de la falta de algún tipo de marco teórico mínimo que orientara nuestros trabajos. Afortunadamente, en este caso contamos con un ensayo seminal que ha recibido muy poca difusión y apenas ha sido utilizado. Se trata de un proyecto de investigación del finado catedrático universitario, especialista en planificación urbana e investigador en el Archivo de Indias, Dr. Salvador Padilla Escabí. Padilla se proponía documentar rigurosamente la historia poblacional y fundacional de entidades municipales a lo largo de toda la historia del Puerto Rico español. Solo pudo completar parcialmente lo atinente al siglo XVIII, cuyo resultado se publicó con el título de "El poblamiento de Puerto Rico en el siglo XVII" (IAU etc) Su punto de partida es perfectamente compatible con la mentalidad del historiador, quien normalmente postula que los fenómenos que estudia hay que pensarlos desde la perspectiva procesal. "El proceso de ocupación del territorio y su poblamiento – escribe Padilla Escabí - así como la fundación de los pueblos, tuvo diferentes etapas que hay que intentar identificar, precisar y fechar, en la medida que lo permitan los documentos disponibles para cada caso. Esto no quiere decir, sin embargo, que no puedan seleccionarse criterios para establecer etapas culminativas en el proceso fundacional, como veremos más adelante"

Los procesos fundacionales a su vez, según Padilla Escabí, habría que enmarcarlos en los dos tipos de administración local que operaban simultáneamente entre los siglos XVI y XVIII; a saber el gubernativo y el eclesiástico. Precisamente, el no haber reconocido y establecido la relación entre ambos regímenes y su dinámica funcional, ha resultado en confusiones, conclusiones precipitadas y declaraciones cuestionables en muchos casos en torno a los años de fundación de pueblos. La administración gubernativa era la que determinaba todo lo concerniente a la designación de villas, ciudades, valles, lugares, riberas y partidos. El régimen eclesiástico, para mejor materializar su función espiritual, determinaba lo concerniente a la fundación y mantenimiento de catedrales, iglesias y otras unidades menores subordinadas, como capellanías rurales, oratorios privados y ermitas. Fue la dinámica entre estos dos órdenes de administración local, y los rejuegos de poder y recursos entre ambos, lo que sirvió de marco de fondo a las fundaciones originales que llegarían hasta el siglo XVIII. (102-104)

Con estas observaciones iniciales, proceden la primeras preguntas:¿Cuáles son los orígenes más remotos que conocemos del pueblo de Manatí en tanto espacio poblacional de la España conquistadora y colonizadora? ¿Cuál es, aproximadamente, el proceso que conduce a su declaración formal de pueblo hacia fines de la década de los años treinta del siglo XVIII? ¿Cómo se perfilan los rastros poblacionales y fundacionales en lo relativo a las relaciones actuantes entre los dos poderes, el gubernativo y el eclesiástico, en el caso concreto que nos interesa? ¿Cuándo ocurrió la fundación oficial del pueblo; léase, la etapa "culminativa" del proceso a que se refiere Padilla Escabí? ¿Quiénes fueron los fundadores? ¿Es suficiente hablar de un fundador cuando se piensa en un proceso largo y multiparticipativo? ¿Qué nos sugiere, en fin, esta nueva mirada que proponemos al comenzar la segunda década del siglo XXI?

El verdadero primer capítulo de la historia de Manatí, el de sus culturas indígenas prehispánicas, está por escribirse, o al menos por sintetizarse en algún texto amplio que articule los muchos hallazgos arqueológicos que se han hecho y que continúan, y que nos relate la evolución aproximada de los asentamientos nativos que poblaron el valle del Manatí siglos antes. Hay ya varios indicios de que este proyecto habrá de materializarse pronto. Las variadas investigaciones y publicaciones que han hecho el arqueólogo del municipio de Manatí, Carlos Ayes Suárez, y los estudios y publicaciones similares del arqueólogo, Dr. Ovidio Dávila Dávila, han sentado las bases. Véanse, por ejemplo, el artículo de Dávila Dávila, "Apuntes para una in terpretación histórico-arqueológica del primer intento de asentamiento de Juan Ponce de León en Puerto Rico, 1508", y el de Ayes Suárez, "Las manifestaciones artísticas más antiguas de Manatí". Este es el primer factor a considerar, puesto que el invasor llegó a Manatí e intentó establecerse inicialmente en un área ocupada por una cultura nativa avanzada con la cual, obviamente, tuvo un contacto, aunque breve, muy significativo. Como se verá más adelante, Ponce de León escribió en su informe sobre su llegada al lugar que "fice bojíos". No hizo una construcción de factura totalmente española, sino modelada por la nativa, la que vio, y de la cual se valió de inmediato. Y lo expresa con el término indígena que escuchó, "bojíos". Intentó montar su primer asentamiento en Puerto Rico sobre uno nativo existente. Y esto, para empezar, no suele destacarse. Pero allí había mucha gente, como lo atestiguan las evidencias arqueológicas del lugar y sus inmediaciones en los que estuve más de una vez, donde se había excavado, para entonces, no menos de cinco plazas ceremoniales. Los trabajos persistentes y muy fructíferos de Ayes Suárez en diferentes sectores geográficos de la municipalidad, documentan abrumadoramene lo que se plantea. A este lugar, ampliamente poblado y culturalmente vibrante, llegó en 1508 una expedición bajo el liderato de Juan Ponce de León, iniciando así el proceso fundacional
largo desde el punto de vista del invasor europeo, que desembocará eventualmente en el reconocimiento oficial e institucional del pueblo de Manatí en el siglo XVIII.

Los primeros documentos que relacionan dicha llegada a la boca del Río Manatí con Ponce de León se refieren a las llamadas capitulaciones o contrato que se acordó y firmó entre Ponce y el gobernador Fray Nicolás de Ovando en la villa de Santo Domingo el 15 de junio de 1508. No ha aparecido el texto de este documento, aunque era obvio que el propósiuto de la expedición sería la exploración, la búsqueda de un lugar apropiado para establecer una primera sede, y la investigación y prospección de las posibilidades de la minería del oro. Lo cual confirma plenamante el informe de la expedición que somete Ponce el 1 de mayo de 1509 en la villa de La Concepción. Hace "una entera rrelación de todo lo que en dicho viaje ha sucedido". Partió de la villa de Santo Domingo hacia la isla de San Juana Bautista el 12 de julio de 1508 en un caravelón con cincuenta personas a bordo: "quarenta e dos personas e ocho marineros". Estuvo en la isla de La Mona, donde estableció contacto con los nativos, cuya principal ocupación era la producción de casabe, y el 12 de agosto llegó a la sede del cacique Agüeybana en el sur-suroeste, con el que entabla amistad y quien le suple bastimentos adicionales a los que traía. Después de superar problemas con tormentas en el mar, comenzó un bojeo de la isla, moviéndose hacia el este. Se detenía en algunos parajes costeros "dándoles preseas a los unos y a los otros" nativos, "por los asegurar", hasta que llegó a la bahía de San Juan, que le pareció "buen puerto e ysla por fuera" La exploró a fondo, "creyendo hallar assiento e agua, e non lo allé". Ponce no logró encontrar un lugar apropiado desde el punto de vista estratégico, de salubridad y con suficiente agua potable disponible, para establecer un primer asentamiento, pese a que la bahía y su isleta eran "buen puerto". Por tanto, seguirá explorando, aunque era claro que la bahía le había impresionado y quedaba en reserva como alternativa en caso de que no encontrara otro lugar más apropiado. Informa que "de allí me fui ocho leguas la costa abaxo [rumbo al oeste], donde allé un río que se llama ana, que podía entrar en él el caravelón, e allí surxí, e descargué en tierra todo lo que llevaba, e fice bojíos, lo qual fecho ymbié el dicho caravelón por pan [casabe] a la dicha ysla de la Mona."

Hay que detenerse para extraerle información adicional e implicaciones no sugeridas a este breve pero revelador pasaje citado. Dice que navegó ocho leguas desde la bahía de San Juan hacia el oeste, penetrando en la boca de un río llamado Ana. Coll y Toste escribe que se trata de la boca del Río Toa. Lo mismo afirman Generoso Morales Muñoz y Paul G. Miller. Los hermanos Salvador y Augusto Perea sostenían que la identidad del río Ana no se había establecido, mientras que Adolfo de Hostos sugería la posibilidad de que se tratase del Río Manatí, aunque no elaboraba la hipótesis.

La revisión del error común de confundir la boca del Manatí con la del Toa comenzó precisamente con un manatieño. Basilio Vélez Alvarado (1872-1925) era uno de siete hermanos cuya familia poseía una finca grande en el Barrio Coto Norte de Manatí. Desde muy joven manifestó su interés en los estudios históricos y la arqueología. Se le conocía a comienzos del siglo XX como estudioso y compañero de expediciones arqueológicas de don Adolfo de Hostos, algunas de ellas en la zona de Manatí. El historiador Wilhelm Hernández ha descubierto que desde tan temprano como 1917 Veléz Alvarado estuvo publicando artículos sobre temas históricos variados y sobre Manatí, en periódicos capitalinos y en publicaciones regionales. Aunque por el momento no hemos accedido al material publicado por Vélez Alvarado que haya recopilado Hernández (si lo ha hecho), sí tenemos en nuestros archivos una breve conferencia inédita que dictó aquel en 1921 a una audiencia de octavo grado en Manatí. Vélez Alvarado era conocido ya como la primera persona que insistió que Ponce de León había entrado a la boca del Manatí y no del Toa. Su planteamiento se había diseminado entre los estudiosos con mayor reconocimiento que él y que persistían en la teoría de que el desembarco fue en el Toa. No lo consideraban en serio, pero él insistía, aunque se "tomaran por absurdos mis asertos". Independientemente de que lo haya elaborado en las publicaciones de referencia que no conocemos aún, su argumento esencial aparece resumido así en la conferencia inédita de referencia. Después de sus intercambios con Agüeybaná, "Ponce de León le preguntó al rey indígena si había oro en la isla, y le contestó que sí, en dos ríos que se hallaban en el septentrión de ella, llamado Manatuabón el uno y Cebuco el otro. Ponce pidió guías para que le acompañaran a estos sitios y levó anclas apreando [sic] hacia oriente; dio la vuelta por el Cabo de Mala Pascua, remontó por aquel litoral, voltegeó otra vez al llegar a laz bahía de la capital, que la anduvo para ver si encontraba un sitio a propósito para desembarcar, y como no lo encontrara, salió a la mar de nuevo y siguió por la costa abajo hasta que llegó a nuestro río, en el cual entró y halló buenos fondeaderos, lo que le determinó a desembarcar y fundar un pueblo…" Para Vélez Alvarado no había duda alguna de que las ocho leguas de que hablaba Ponce en su informe no podían correponder sino a la boca del río Manatí, partiendo de la bahía de San Juan. Lo mismo se sostiene en otro breve trabajo inédito de 1953, de la pluma de quien era entonces un estudiante formal de historia a nivel universitario y quien eventualmente sería muy distinguido catedrático en la materia. Escribía entonces Jorge Iván Rosa Silva: "Aunque los cronistas de la colonización no ofrecen la localización exacta de este río, hoy queda muy poca duda sobre su identidad. Si se aplica esta distancia e ocho leguas al mapa de Puerto Rico, se puede determinar que ésta solo se ajusta al río de Manatí".

Los que hemos seguido la secuencia de este debate hemos aportado bases adicionales para apoyar la tesis de Vélez Alvarado y suscrita por Rosa Silva, lo que hoy día nadie cuestiona. En 1970 quien esto escribe publicó lo siguiente: "El cosmógrafo cronista Juan López de Velazco, al describir la isla en 1571, indica que había seis leguas desde el río Arecibo hasta el Manatí, dos leguas desde el Guayaney (nombre entonces del Manatí) hasta el Cibuco y tres leguas desde el Cibuco hasta el Toa. Habiendo dos leguas desde el Guayaney hasta el Cibuco, tres desde el Cibuco hasta el Toa y aproximadamente tres más desde el Toa hasta la bahía de San Juan, se completan las ocho leguas a que se refería Ponce de León como la distancia entre la bahía y el Río Ana".

Curiosamente, tal como advertía yo en los primeros párrafos de este ensayo, las revisiones críticas requieren relecturas más atentas tanto a las fuentes conocidas como a las nuevas que vayan apareciendo, a fin de advertir pistas que se habían pasado por alto. En este caso observo que, hasta donde yo sé, a nadie se le había ocurrido subrayar la palabra escrita de una autoridad tan importante como Fray Iñigo Abbad, nuestro primer historiador, quien viajó y visitó en detalle la isla en su tiempo. Abbad sabía muy bien lo que expresaba cuando en su gran obra publicada en 1788 decía, en su descripción del pueblo de Manatí: "La caña de azucar rinde allí mucho más que en otras tierras; el café, arroz, maíz, tabaco, frijoles y otras legumbres que cultivan se multiplican pasmosamente y trasportan [sic] a la ciudad [de San Juan]
no obstante que dista más de siete leguas de caminos pantanosos, cruzados de ríos".
[énfasis mío, CRN]

No hay duda de que se trataba de la desembocadura del Río Manatí. Pero sigamos desmenuzando el pasaje citado del informe de Ponce a Ovando. El caravelón con las cincuenta personas podía entrar y entró por la desembocadura. Allí anclaron, desembarcaron "e descargué en tierra todo lo que llevaba e fice bojíos", dice. ¿Cuánto más se puede leer de lo que de primera instancia parece un simple par de oraciones inconsecuentes? Los españoles venían a explorar, poblar e iniciar la colonización de Puerto Rico, cuyo comienzo se frustró en 1505 al no cumplir Vicente Yáñez Pinzón, como se sabe, con las estipulaciones en dicho sentido que había contraido con la corona. ¿Qué era todo lo que traían y que descargaron? Era todo lo necesario, a base de lo ya aprendido en La Española, de donde provenían, para montar un poblado: armas y municiones, instrumentos y aperos de labranza, herramientas, seguramente algunos equinos y algo de ganado vacuno, y obviamente el saber hacer de la mano de obra de los cuarenta y dos oficiantes de diversas especialidades que constituían el elemento "civil", puesto que los otros ocho eran marineros. E hicieron "bojíos", ciertamente las primeras edificaciones del hombre blanco europeo en Puerto Rico, posiblemente usando el modelo indígena que tenían disponible al frente. Una vez completadas estas primeras edificaciones rústicas, Ponce envió el caravelón, que era de su propiedad, a la isla de la Mona para complementar los bastimentos que traían, con suficientes cargas de casabe, ("pan") resultado de las relaciones previas que allí había establecido, como se recordará, cuando venía de Santo Domingo hacia la isla de San Juan. Ponce había descubierto muy temprano que el valor principal de la comunidad indígena de la Mona residía entonces en su capacidad para generar cantidades significativas del principal alimento nativo, el casabe. Para una travesía tan importante como la de ida y vuelta a La Mona para asegurar la alimentación a los expedicionarios, Ponce contaba con su hombre de confianza y capitán de su caravelón, Xil Calderón. Era tal la confianza, decía el propio Ponce, que "quando yo voy por la mar, queda en thierra por mi logar theniente". Así nos enteramos del segundo nombre del grupo de expedicionarios que entró a la boca del Manatí en 1508.

Y comenzaron los trabajos en la boca del Manatí y sus inmediaciones. Estuvieron en ello un mes. No me he topado nunca con la pregunta, que hago ahora, sobre lo que hicieron allí. ¿Cómo debemos imaginar, a la luz de lo que sabemos de lo que tenía en mente Ponce de León al concebir el plan de colonización de Puerto Rico desde La Española, lo que debió ocurrir durante aquellos treinta días de permanencia en el lugar? En La Española Ponce se había hecho famoso en las guerras contra los nativos y como consecuencia se le habían asignado tierras y esclavos indios en el Higüey, en el extremo oriental de la isla, donde fundó el poblado de Salvaleón. Era "pacificador" de indios, terrateniente, esclavista, buscador de oro y fundador de poblados. Pero no estaba satisfecho con el rendimiento agrícola de su heredad, la cual no era tampoco muy productiva en la minería del oro. Con el proyecto puertorriqueño buscaba más gloria, tierra, y, sobre todo, oro. Llegaba a la isla de San Juan Bautista en 1508 para conquistar, colonizar y explotar, para la corona y sus propias arcas, el oro del que tanto había oído hablar. Como dirá en su célebre descripción del poblado y casa que construiría en Caparra, su principal móvil era claro: "e ansí, en todo a mi parescer bien e en propósito de las minas". O como lo expresa Jalil Sued Badillo, "su ubicación respondió a consideraciones estrictamente mineras…las minas eran su objetivo primordial en toda su empresa". La construcción inicial de los bojíos o ranchones proveería la base en la cual se acuartelaba la partida y se almacenaban los pertrechos y alimentos. Desde allí salieron diferentes grupos a pescar, cazar, explorar las riberas y parte del valle y, seguramente, a hacer prospecciones mineras en algunas áreas de las arenas fluviales y placeres cercanos y tal vez, aunque no se pueda afirmar con certeza, hasta las estribaciones donde comenzaba la zona montañosa al sur del partido. Esta última parece ser la opinión de Salvador Brau, quien afirma que los exploradores se movieron "por las faldas de la serranía…[para] reconocer las arenas auríferas del Manatuabón". Aunque el informe de Ponce nada dice o sugiere sobre la presencia de poblado indígena alguno en el lugar, es claro que lo había, tal como se ha enfatizado, en cuyo caso es razonable suponer que, siguiendo el patrón establecido a partir de sus triunfos y sujeción sobre los nativos en el Higüey, y tras las relaciones amistosas iniciales que establece con Agüeybaná, se habrá valido de la mano de obra indígena para todas las tareas realizadas.

Sigamos la pista a la expedición de Ponce. Permanecen trabajando en la zona un mes, pero deciden salir: "Dempues de estar allí un mes, non me contentando el puerto e agua, fui por thierra en busca de un río grande que llaman toa, adonde me pare con toda la gente e rropa [¿tropa?], que en el caravelón vino, e de allí, por algunas dificultades que veía me thorné a embarcar e fui a la bayha, de que arriba e fecho mención, e busqué otra vez allí assiento, e desque non lo hallé, volví al dicho río ana". Ponce, conocedor de lo que era un buen puerto por los que había visto en Santo Domingo y el Higüey de La Española, decide que debe continuar con su búsqueda del mejor asentamiento posible. La frase "non me contentando el puerto e agua" debe referirse al hecho de que el área marítima frente a la boca del Manatí es abierta y expuesta a los grandes vientos y marejadas, careciendo en este sentido de la ventaja que ya ha visto en la bahía de San Juan, que es protegida y abrigada. Otra posibilidad complementaria es que se refiera a la naturaleza de la boca misma del Manatí. Había dicho que en la ella "podría entrar en él el caravelón e allí surxí". No ancló en el mar, sino en un cuerpo de agua a manera de pequeño lago que se formaba al final del río en sí, al cual pudo acceder a través de algún estrecho pasaje acuático. La expresión "podría entrar" denota que se calculó y tanteó a ver si cabía o no el caravelón, antes de intentar el ingreso. ¿Por qué desembarcó allí y no en las bocas de ríos importantes que avistó cuando venía de la bahía de San Juan: las del Toa y el Cibuco? La bahía de San Juan le pareció buen puerto, y con isleta, además. Pero sus terrenos interiores no eran propicios. Eran muy húmedos, había muchos fangales y no se veían fuentes accesibles de agua potable. El no haber recalado en las bocas del Toa y/o el Cibuco en su ruta desde San Juan hacia el oeste, sugiere que por allí no había acceso al caravelón, como en efecto ocurrió en el caso del Ana. Pero es muy probable que Ponce no se sintiera a gusto con el pequeño puerto y lago interior del río por ser éste muy pequeño, de poco calado y de reducidas posibilidades para maniobras y defensas. La insatisfacción expresa en torno a las aguas del lugar no debió referirse, valga señalar, a la carencia de ellas como fuente potable y otros fines, puesto como se hizo evidente de inmediato, el Manatí era caudaloso, rico en alimentos y fuente de asombrosa fertilidad en sus orillas y valles.

Salió de la boca del Ana y llegó, bifurcando la expedición por tierra y por mar, a la boca del Toa "donde me paré con toda la gente e rropa pero desde cuyo lugar partió pronto, en lo parece haber sido una rápida exploración y prospección. Pero tuvo que salir por "algunas defycultades que veía". Fue entonces que regresó a explorar la bahía de San Juan, mas no encontrando en su segundo intento algún lugar apropiado, regresó al río Ana. Hasta aquí, Ponce de León ha hecho cuatro (4) intentos: bahía de San Juan, río Ana, río Toa, otra vez bahía de San Juan. Los que siguen será sus intentos cinco, seis y finalmente, el séptimo y último, que culmina con la fundación de Caparra.

Y llegamos al pasaje más importante del informe. Lo reproducimos in extenso porque interesamos que el lector nos siga en la nueva lectura que de él hacemos. Por otra parte, no queremos desligar sus movimientos previos de los que seguirán al dejar definitivamente la boca del Ana y que culminan en la fundación de Caparra. Esta estrategia nos permite en alguna medida deducir desde el contexto alguna información necesaria que no poseemos directamente de documentos. Ponce ha regresado al río Ana. "En el dicho río – escribe – fice entonces assiento e desembarcadero e caminos, en propósito, e thomé a ymbiar el caravelón por bastimentos, e en este tiempo se metió una mar de levadía de la parte del norte, en manera que conoscí estar engañado con el puerto, e fue forzado partirme a la ora por thierra con quince ombres en busca e la dicha bahya para assentar sobre ella, lexos o cerca, en assiento xunto con la dicha bahía; fice traer en el dicho caravelón toda la gente e rropa que quedaba allí, e allí assenté e fice un gran bojio e caminos, e una calzada para desembarcadero en la mar; dempués de lo qual, por la umedad que thenía demasiado aquel assiento, e por otras defycultades que en él hallé, me mudé de alli, la thierra adentro media legua, donde agora está la casa, e ansí en todo a mi parescer bien e en próposito de las minas".

En esta ocasión Ponce no dice cuántos días estuvo por segunda vez en el Ana, llevando a cabo los trabajos, pero parecería evidente que le tomaría considerables esfuerzos y tiempo, ciertamente más que el mes que estuvo originalmente, por la naturaleza misma de los tareas que describe: asiento (construcciones, organización de lo que traían), desembarcadero (trabajo de corte en los bosques aledaños para la madera, por ejemplo), caminos (limpieza y acondicionamiento de la tierra para esos fines) y el envío (y espera) otra vez del caravelón a La Mona para procurarse bastimentos. Otro dato que no suele subrayarse en este contexto es el hecho de que, como se observa en el texto, regresaría a la bahía de San Juan por tercera vez, por tierra con quince (15) hombres, dejando la mayoría de los cincuenta exploradores en el Ana ("toda la gente e rropa que quedaba allí"), a los cuales ordena transportar (luego) a la bahía en el caravelón. Esto es; sigue explorando las posibilidades del Toa y de la bahía por tierra, en busca de asiento y oro, pero ya ha decidido, al dejar en el Ana a treinta y cuatro (34) de los cincuenta (50) miembros de la expedición, que su primer asentamiento será en la desembocadura de dicho río. Lo piensa y lo escribe bien claro. Los trabajos que se hacían en el lugar eran "en propósito". [énfasis mío, CRN]

Pero si en la primera ocasión no estuvo satisfecho con el puerto y agua, como dice, y por las razones que he sugerido, en esta segunda oportunidad se confirmó dramáticamente lo que no es de dudar había observado originalmente: la fuerza y el peligro del mar y los altos y agresivos oleajes de la costa: "Se metió una mar de levadía de la parte del norte, en manera que conoscí estar engañado con el puerto". La furia del mar en la zona costera del norte le habló claro, pese a que podía estar refugiado en alguna medida mínima en el pequeño lago interior ("el puerto") en el que había desembarcado dos veces. Desde por lo menos las costas de Arecibo, eran muy frecuentes las grandes alzadas del mar, lo cual era visto y registrado por navegantes, locales o extranjeros, como lo fue el caso del cronista Juan de Läet, quien en 1640 escribió: "El puerto (de Arecibo) es de costa brava, y así los bajeles paran poco en él porque cualquier norte [grandes marejadas] los echaría a la costa". Más de medio siglo antes, en 1582, el gobernador Juan de Melgarejo había escrito lo siguiente: "La banda del Norte de esta isla no tiene puerto para nao…porque toda la banda del Norte es muy tormentosa costa brava, con muchos baxos e arrecifes, que aluengo della corren…" Esta parte de la historia, el quinto intento de Ponce, culmina con su regreso definitivo a la bahía de San Juan y, allí, con su sexto y séptimo experimentos: otro fallido poblado cercano a la bahía que era muy húmedo entre otras dificultades, y el de tierra adentro a media legua de la misma, lo que sería finalmente Caparra. No he encontrado expresión más sencilla y precisa para compendiar este ciclo exploratorio/colonizador, que la que hizo en su ensayo estudiantil de 1953, quien luego fuera el distinguido profesor y colega mío de muchos años en la Universidad de Puerto Rico, Jorge Iván Rosa Silva: "Al morir ese primer intento de fundar un poblado en la región del río Ana, nació Caparra, aunque el honor de haber sido la primera sede de Ponce de León en Puerto Rico corresponde a Manatí".

¿Y qué pasó después? Una aproximación…desde el páramo documental

El título del epígrafe significa que la escasez, casi ausencia, de prueba documental directa, obliga al historiador a moverse con mucha precaución en torno a la pregunta que se plantea. Se trata de la dinámica entre la ruptura y la continuidad en la historia. ¿Hubo acaso una ruptura abrupta real de la presencia y actividad humanas en el valle del Manatí después de 1508, o se trata solamente de una insuficiencia documental? ¿Cómo se puede sugerir un cuadro razonable de lo que probablemente ocurrió en los años inmediatamente siguientes al intento fallido de Ponce? Veamos lo que se ha escrito en torno al tema. Carmelo Rosario Natal escribe en 1970: "En la primera parte del siglo XVI la fértil ribera del río Manatí atrajo a muchos colonos, llegando a establecerse ´grandes haciendas y labranzas´. Sin embargo, a fines de siglo, como un reflejo de la triste situación por la cual atravesaba la isla, la región se había despoblado por la falta de indios y luego de negros. Pero a pesar de la escasez del trabajo servil Manatí seguiría atrayendo colonos. El valle era virgen y las posibilidades de hacer fortuna en la labranza y en la crianza de ganado eran promededoras". Angel Vázquez Medina sostiene en 1993 que después de las exploraciones que condujeron a Ponce de León a la fundación de Caparra, "se decidió abandonar el valle de Manatí y establecer un poblamiento permanente en los terrenos próximos a la bahía". Con relación a la segunda mitad del siglo, sugiere que los vecinos que hubo en las riberas de los ríos tuvieron que huir y refugiarse en los alrededores de la ciudad de San Juan o de la villa de San Germán, para escapar de los ataques caribes y de los negros alzados. "Fue así – concluye – como en la segunda mitad del siglo XVI la colonización quedó reducida a la capital, la villa de San Germán y un reducido número de vecinos que estaban establecidos en Arecibo y Coamo. Este despoblamiento dejó en el olvido al valle de Manatí. Con el abandono de este lugar los colonos perdían la riqueza natural que el valle y el río le ofrecían a la conquista". Obsérvese la nota dominante: abandono, despoblamiento, olvido. Más recientemente, en 1999, Wilhelm Hernández Hernández ha escrito: "No por ello el río Manatuabón quedó abandonado…hubo explotación de sus riquezas por un número de años intedeterminado…Lo cierto es que según el informe del gobernador ]Melgarejo, 1582] ,en los contornos del Manatuabón se había logrado desarrollar una sólida economía sustentada en la extracción de oro…(y) agricultura y crianza de ganados" y tal vez alguna hacienda dedicada al cultivo de la caña utilizando algún "trapiche simple".

Las apreciaciones citadas tienen elementos verosímiles, aunque con diferentes énfasis. El problema para lograr mayores precisiones consiste, como se sabe, en la pobreza de las fuentes directas y en la necesidad de depender demasiado de algún texto sobresaliente, que no necesariamente hay que aceptar en su literalidad, como lo es el caso del famoso informe del gobernador interino Juan de Melgarejo en 1582, al cual volveremos. En vano se buscan documentos específicos sobre Manatí generados durante la primera mitad del siglo XVI, después de 1508, pese a que ha aumentado considerablemente el caudal documental disponible para el período. Me he inclinado a pensar que el silencio mismo de las fuentes puede significar algo. Se sabe que casi todos los recursos de la corona y de los colonizadores se concentrarán en la ciudad de Puerto Rico y en la naciente villa de San Germán. Las grandes haciendas y labranzas, y las sistemáticas e institucionales explotaciones de la minería del oro brillantemente documentadas en detalle por Jalil Sued Badillo, se concentrarán en la rica zona geográfica que comprendía desde Loíza hasta el Toa, y tal vez, hasta el Cibuco. Manatí no se menciona. Moscoso afirma en este contexto que "se rechazaba como impráctico e inseguro ir a poblar y asentar en tierras muy alejadas de la capital. Más allá del Cebuco al oeste y de Loíza al este, o tierra adentro hacia las montañas, las condiciones de poblamiento en 1540 era considerado fuera de propósito en las haciendas y granjerías de los vecinos". No obstante, nos parece plausible la contención de que durante aquel proceso agitado y entusiasta de expansión económica, principalmente minera, alguna mínima población debió moverse más allá de la frontera Toa/Cibuco hacia el oeste, en busca de asentamiento para los cultivos y la exploración aurífera. Sería un proceso natural, que estaba ocurriendo desde la capital hacia la periferia: hacia el este, el oeste, y en menor medida, hacia el centro montañoso.

Los caudillos de la capital que tenían haciendas y grandes intereses mineros desde Loíza hasta el Toa, comenzando por los poderosos Ponce de León y sus relacionados, los principales funcionarios y los empresarios independientes, no vacilaban en ausentarse de sus deberes oficiales para irse a sus haciendas a atender los negocios por muchos días, a costa de regaños y reconvenciones desde la gobernación. Más no era ese el caso del común de los colonizadores pobres, que se veían precisados a aventurarse más allá del Toa, donde estaba la Real Hacienda y las de numerosos potentados de la capital, tal vez con algunos indios que se le habían asignado de los pocos que iban quedando, o con uno que otro esclavo negro que lograban agenciarse. Probablemente así fueron llegando y afincándose, muy pocos, al valle del Manatí. Naturalmente, este tipo de desplazamiento y colonización tan pequeña, anónima, dispersa y no sistemática, no atraía la atención en los legajos y correspondencia oficiales, ni impactaba las estadísticas o los pocos informes de las visitas pastorales que se ocupaban de estos lugareños.

Desde esta perspectiva que se plantea, no pensamos que sea convincente la imagen que sobre Manatí sugieren las tan citadas palabras de Melgarejo en 1582: "…en la banda del norte de esta isla sale un río muy caudaloso que se dice el Guayanes y que es casi tan grande como el de Toa. En sus riberas, que son fértiles, hubo antiguamente, en tiempos de indios y después de españoles, muchas haciendas y labranzas de mantenimiento de ganados que todo está al día se hoy despoblado por falta de haber faltado yndios y no haber venido negros a la tierra…" El río Guayanés corre por el valle de Yabucoa en el este y en su zona señoreaba a comienzos del siglo XVI el cacique Guaraca. Esto ya lo había señalado Coll y Toste y en tiempos más recientes lo ha documentado ampliamente Francisco Moscoso, citando específicamente cronistas y fuentes originales del Archivo General de Indias. No hay duda de que el cacique Guaraca del Guayaney había sido encomendado, con numerosos indios, a Ponce de León. Mucho antes de la época de Melgarejo, Guaraca había sido transferido, al igual que lo fueron otros caciques y sus respectivas indiadas, desde el este de la isla a otros lugares más seguros, especialmente la costa norte. Esto ocurrió debido a que después de las insurrecciones indígenas, la región este de Puerto Rico continuó siendo un gran escenario de choques entre los españoles y los taínos que aún resistían, a cuya continuidad bélica se sumaban los constantes ataques e incursiones de los llamados caribes. El este era la frontera más inestable e indómita de la colonia. Lo que Melgarejo dice en 1582 refleja algo que había ocurrido en tiempos remotos. Guaraca del Guayaney había sido trasladado concretamente al valle del Manatí. Allí lo ubicaron junto a sus naborias, aunque no sabemos si continuaron bajo el dominio de los Ponce de León o si pasaron a nuevos dueños posteriormente. Por asociación toponímica con el cacique Guaraca del Guayaney (de Yabucoa), se le llamaba entonces Guayaney al río y región donde lo habían reubicado; esto es, en el Manatí. El nombre de Guayaney aún perdura en un sector del pueblo. Por cierto, cabe mencionar que el toponímico Guayaney también aparece en algún sector de Bayamón, donde Juan Ponce de León tuvo un hato de ganado vacuno. Si como parece, Guaraca del Guayaney y su gente fueron a tener a lo que sería Manatí, estamos entonces ante evidencia de que por lo menos en algunos momentos de la primera parte del siglo XVI, en pleno auge de la minería del oro, el valle del Manatí no estuvo completamente despoblablo. La presencia de un cacicazgo encomendado quería decir que hubo encomenderos españoles que los explotaban en las granjerías y la minería del oro. Por tanto, habría existido también una pequeña población que tenía que ser alimentada, con los consecuentes trabajos obvios de recolección de los frutos de la tierra, su elaboración y claramente la cría de ganado para completar la dieta.

Pero no ha aparecido evidencia de que hubiesen existido en la zona, durante la primera parte del siglo XVI, "muchas haciendas y labranzas". De ser así, algunos vestigios estadísticos o menciones concretas habrían aparecido en la documentación compulsada. Por otra parte, la frase "que todo está al día de hoy despoblado" hay que tomarla con cautela. No se discute la tendencia a la despoblación prevaleciente durante la segunda mitad del siglo. Pero el mejor estudio sobre dicho período que existe, que se apoya consistentemente en la documentación del Archivo General de Indias, señala que hacia finales del siglo XVI la escasa población de la isla, era mayor que lo que destila la historiografía tradicional y se podía encontrar en "múltiples núcleos… dispersos por la geografía isleña". Aparecen también referencias a algunos ingenios y a haciendas y estancias "desparramadas por la isla." De hecho, la autora de este trabajo escribe que logró identificar 85 estancias y haciendas, aunque solo pudo localizar 41 de ellas. Afortunadamente, hemos localizado, entre los importantes apéndices documentales de este estudio, un caso concreto con nombre y apellido, relacionado con Manatí, que pone en duda la idea de la despoblación radical que propone Melgarejo. Se trata del dueño de una hacienda de conucos y jengibre, el teniente Benito de la Cruz. Nos enteramos además de que este propietario que operaba en Manatí, era parte de "las autoridades y vecinos de San Juan para el año de 1592". Tenía que haber entonces por lo menos algunas cuadrillas de trabajadores en la ribera del Manatí, laborando para el ausentista Benito de la Cruz. Lo que a su vez sugiere la posibilidad de que hubiera otros pocos agricultores en el área. El 20 de junio de 1611, apenas veinte años después de que se registra la existencia de la hacienda de don Benito, el capitán Francisco Negrete, Procurador del Cabildo de San Juan, solicitó que se pidiera autorización al gobernador, para nombrar un alcalde mayor con jurisdicción sobre las riberas de Bayamón, Toa y Loiza y los pueblos de Arecibo, Manatí, Coamo, Pueblo Viejo, Cangrejos y otros, "en vista de los frecuentes delitos y robos que se cometen". No sabemos si se materializó la petición, pero ante esta otra pieza de evidencia de la existencia de Manatí como un poblado en formación cuyos problemas sociales llegan hasta la atención del gobierno en la capital, no debe dudarse de que Benito de la Cruz no era el único propietario agrícola, nativo, estante o ausentista, de la ribera. Solo así se comprende por qué hacia comienzos del siglo XVII van apareciendo algunos vestigios de mayor contenido.

Entre las colecciones documentales procedentes del Archivo General de Indias de Sevilla (AGI) que se van acumulando en la monumental obra impresa comenzada por el Monseñor Vicente Murga y continuada por el Padre Álvaro Huerga, Historia documental de Puerto Rico
(HDPR en adelante), podemos atisbar algunas pistas adicionales sobre el posible poblamiento de Manatí en la transición de fines del siglo XVI al XVII. Estas proceden de los informes de las resultas de visitas que obligatoriamente tenían que rendir los obispos de la colonia. Todavía no aparecen referencias concretas a Manatí, pero las descripciones, aunque se refieren principalmente a la capital, la villa de San Germán y los llamados Anexos caribeños del norte de Venezuela de la diócesis, ayudan a visualizar el panorama general que aplicaba a la ribera del Manatí también. El Obispo Fray Diego de Salamanca escribe en una carta fechada el 6 de abril de 1579: "Yo he visitado por mi persona toda esta isla, porque casi toda ella está despoblada, están tan desparramados los moradores de ella, que es necesario andarla toda…porque debe haber muchos hombres, así españoles como mestizos, negros, horros, indios y mulatos, y otros que hacen habitación en los campos, apartados unos de otros por distancias de dos o tres leguas los más cercanos….Y hablo como testigo de vista, que no me he dejado casi rincón que no he visto". Por su parte, el Obispo Fray Martín Vázquez de Arce, OP, informa de su visita en mayo de 1607 que, viniendo desde San Germán, volví por la ribera que llaman del Arecibo que es por la banda del norte…todo camino muy áspero y fragoso, lleno de muy espesa arboleda lo más de él y de muchos pantanos y de gran abundancia de ríos y arroyos. En los llanos de esta tierra hay muy buenas y abundantes dehesas para pasto de ganado mayor, donde solían antiguamente apacentarse 100,000 cabezas, agora apenas hay 10,000". Observaba también el Obispo que en la ribera de Arecibo los perros cimarrones se comían grandes cantidades de becerros. Lo mismo hacían los negros fugitivos. Aunque estamos ante una descripción de primera mano de una región centrada en la ribera de Arecibo, parece evidente que las observaciones incluían a la ribera de Manatí también. La geografía accidentada con las concomitantes dificultades de movilidad para los pocos pobladores, la dispersión humana y la lucha por la supervivencia de los diversos grupos humanos que se iban conformando, e inclusive el hambre desesperante de los animales realengos y la consecuente inseguridad del ganado vacuno. Todo apunta hacia un cuadro de precariedad extrema.

Algunas notas breves del siglo XVII van apareciendo. El obispo Dr. Bernardo de Balbuena afirma en su visita de 1642 que estuvo "por los lugares y hatos de la isla", sin especificar los nombres de los mismos. Por su parte, el obispo Fray Damián López de Haro, con su notoria onda pesimista, afirma que lo que vio fuera de la capital y de San Germán fue una cosecha pequeña y "de capa caída" de jengibre y "un trato, aunque pequeño, de cueros y alguna azúcar". La precariedad económica y poblacional la agravó además una gran tormenta que azotó en septiembre de ese año de 1642.

Hacia las décadas intermedias de siglo XVII se observa en los informes de las visitas pastorales una tendencia a poner más énfasis en las actividades relacionadas con el establecimiento de estructuras religiosas. El obispo Francisco Isasi, en su visita de 1660, firma un documento en Arecibo el 13 de diciembre de ese año en el que habla de las confirmaciones y otros oficios religiosos normales que efectuó, pero añade observaciones reveladoras a los efectos de nuestra pesquisa. En los lugares, estancias e ingenios iba "dejándoles capellanes y curas que les administraban los santos sacramentos, erigiendo iglesias en medio de las estancias y partidos." Asimismo, el obispo Benito de Ribas, confirma en el mes de abril de 1667 la existencia de "los capellanes que hacen oficios de curas en los lugares" y cuyos servicios pagaban los vecinos.

Como se observará, de la bruma documental e informativa sobre Manatí en el siglo XVI nos hemos estado moviendo trabajosamente hacia señales que sugieren una continuidad poblacional en el valle, de carácter siempre pequeña, dispersa y en condiciones muy precarias. Pero persistía, y las visitas pastorales que partían desde la capital hacia el oeste de la isla necesariamente tenían que detenerse allí, aunque no lo mencionen por su nombre en los documentos. Esto ocurría presumiblemente porque desde fecha temprana aunque desconocida concretamente, los lugareños de Manatí comenzarían a depender en asuntos religiosos de la ribera de Arecibo, la que atraía la atención de las visitas y por ende de los informes hacia lo que ocurría en esta última, que subsumía a la primera. Había actividad económica en hatos y estancias, se vivía de los frutos menores, el jengibre y los cueros, principalmente para el contrabando; y las repetidas referencias a los capellanes que se designaban para hacer las labores sacramentales en los lugares de estas rutas, eran prueba adicional de que la actividad humana se seguía desplegando muy activamente en el valle.

No sabemos, y posiblemente no sabremos, cuándo fue que se erigió la primera ermita, casi seguramente de madera, paja y otros materiales rústicos, en la ribera de Manatí. ¿Habrá sido en la última década del siglo XVI en los tiempos de Benito de la Cruz y de otros posibles posibles hateros y estancieros que le acompañaban en el sector? ¿Existiría alguna hacia 1611, cuando la pequeña comunidad fue objeto de la atención del cabildo en San Juan? ¿Se habrá construido poco después como consecuencia de la erección del partido y parroquia de Arecibo en 1616? En este sentido, el razonamiento de Wilhelm Henández Hernández merece seria consideración: "Con la creación del partido y parroquia de Arecibo en 1616, los pobladores de la ribera de Manatí pasaron a integrarla por orden eclesiástica. En su ruta debían vadear los ríos Manatí y Arecibo y viajar por las veredas que se ponían infranqueables en tiempos de lluvia, como era lo usual en toda la isla. Era, por tanto, útil,
establecer su propia capilla y cementerio en un punto más cercano y accesible. Para 1645 las familias que vivían en el contorno de la ribera de Manatí lo habían logrado…aunque se desconoce desde qué fecha antes estaba establecida."

Ciertamente, en el documento que recoge el Sínodo Diocesano que convocó Fray Damián de López de Haro en 1645 hay un pasaje que confirma explícitamente la existencia de una ermita y capellán en la ribera de Manatí: "La Iglesia y capellanía de Manatí, tiene los feligreses que viven en aquel contorno, y si no pudieran sustentar el Capellán, declaramos que deben acudir a la Iglesia de Arecibo, adonde por mayor cercanía y comodidad suya los agregamos." En esta sección del Sínodo se expone la razón que justifica la insistencia en la erección de ermitas e iglesias y el nombramiento de capellanes: "hemos hallado gran relaxación en los que habitan y cultivan los campos, o los mandan a cultivar". O como lo había expresado desde 1578 el obispo Fray Diego de Salamanca: "He tratado de que se recojan en forma de pueblos los vecinos que andan desparramados por los campos, para poderlos proveer de ministros…conviene recogerlos para que tengan también ministros de justicia porque andan en libertad rebelde…" La atención extrema y el tiempo largo que conllevaba el cuidado de los trabajos agrícolas y ganaderos, la precariedad general, la dispersión, las largas distancias entre los domicilios y haciendas hasta la iglesia o capilla más cercana, y los malos caminos y bocas de río que había que cruzar, explicaban en parte los malos hábitos, la "relaxación" y la "libertad rebelde" de las costumbres, que la Iglesia tenía que combatir. En el caso de Manatí, en el texto citado del Sínodo, se hace patente que desde que existía la ermita - cuya advocación santoral, si alguna tuvo en su origen, se desconoce - hubo problemas económicos para mantener al capellán. Era esto un índice inequívoco de la pobreza general de la zona, independientemente de que entre su escasa población comenzaran a descollar algunos pocos pobladores con poder económico. Para colmo, los vecinos recibían una y otra vez la receta amarga que ya conocían de muchos años: asistir a la iglesia de Arecibo, sobre cuya orden se dice con entera ironía y franca contradicción, que se emitía "por mayor cercanía y comodidad".

Del poblamiento anónimo a las personas con nombres y apellidos

Para comprender cómo las señales continuas de vida y trabajo anómino en el valle del Manatí irían adquiriendo contornos más precisos, en términos de desplazamientos hacia la región de personas e iniciativas con nombres y apellidos conocibles, es necesario acercarse a ciertos desarrollos que tuvieron lugar a partir de la capital de la isla desde fines del siglo XVI. Parece que la nueva documentación que se acumula, y alguna literatura disponible, pueden contribuir a identificar en el valle del antiguo Ana, Manatuabón, Guayaney y ahora Manatí, más que generalidades, empresas y empresarios concretos, cuyas generaciones irían preparando el camino definitivo que culminaría con la fundación formal del pueblo. Al lugar ya se le conocía como Manatí, muy probablemente desde comienzos del siglo XVII. La hipótesis de más posibilidades sobre este particular la resume Wilhelm Hernández, según se la comunicó a él – y a quien esto escribe también – Salvador Padilla Escabí. Las minuciosas investigaciones de Padilla en el Archivo de Indias le condujeron a descubrir que a "un sitio cercano al pueblo, donde el río formaba un meandro pronunciado, se le denominaba como ´la vuelta de los manatides´. Tal parece que la presencia y las peripecias en el recodo del río de los curiosos mamíferos acuáticos se convirtió en uno de los escenarios de la vida cotidiana de los lugareños. "De ahí surgiría el topónimo que da origen al nombre del municipio."

Algunos de los tomos más recientes de la HDPR (Murga/Huerga) son valiosos para nuestra pesquisa, particularmente los volúmenes XIX y XX, dedicados a "Cartas de los Gobernadores", entre 1550-1592. Se sabe que era notorio el dominio socio-económico-político que detentaron los Ponce de León, sus familiares, descendientes, allegados y colegas a todo lo largo del siglo XVI. La correspondencia de la fuente citada arriba revela algunas de las maneras en que los poderosos de la capital, mientras ejercían las funciones oficiales que su posición social les otorgaba, atendían sus intereses económicos en sus hatos, haciendas y granjerías en la amplia periferia que circundaba la capital. El caso más conocido de mediados de siglo XVI lo fue el del Alcaide de la Fortaleza en la capital, Juan Ponce de León (Troche), quien solía abandonar su puesto en San Juan para irse por más de una semana a veces a supervisar los trabajos de su hato de ganado vacuno en el sector Guayaney de Bayamón y su hacienda en el Toa. En más de una ocasión varios vecinos atestiguaron a esos efectos ante las preguntas de las autoridades superiores, lo que condujo a las naturales amenazas de sanciones, una de mayo de 1555, por ejemplo, por abandonar sus deberes en tiempos difíciles de guerra y de amenazas de enemigos que merodeaban las costas. La respuesta del interpelado era que si bien era cierto que se iba a atender sus intereses, dejaba a un encargado, y que lo hacía para que "todo no se acabe de perder" y porque su salario no era suficiente para el sustento de la familia.

Este mismo patrón básico de conducta de los poderosos de la capital y su periferia inmediata se reprodujo en el siglo XVII con relación al apellido y familia de los prolíficos y poderosos Menéndez de Valdés. La historia comienza con el más sonado e importante de todos ellos: Diego Menéndez de Valdés, sobre cuya vida y gobernación en Puerto Rico se defendió el 2 de diciembre de 2011 una tesis doctoral en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Estamos ante el gobernador de la tenencia más larga en el siglo XVI, la que ha dejado mayor cantidad de documentación epistolar y en informes, y la que tantas controversias provocó por razón de su carácter recio, autoritario y muy involucrado en el acrecentamiento de su caudal personal haciendo uso de su poder oficial.

Diego Ménendez de Valdés era asturiano y de formación marinera y aventurera. Por muchos años sirvió bajó el mando del muy famoso conquistador de la Florida, Pedro Menéndez de Avilés. Casó y fijó residencia en Santo Domingo. Por un tiempo se dedicó al comercio de esclavos. Eventualmente recaló en Puerto Rico, donde accedió a la posición sumamente importante de Alcaide de la Fortaleza y del Morro. Esto ocurría entre mayo y junio de 1582. Fueron muchas las intrigas que generó este nombramiento, puesto que el gobernador (Interino) de Puerto Rico entonces, Juan de Melgarejo, hizo lo posible por impedirlo, tal como lo intentaría con el segundo, el de Gobernador, al que también accedería Menéndez de Valdés. Este le ganó la doble batalla al ambicioso Melgarejo, quien aspiraba a ambos puestos. El Rey Felipe II expidió el nombramiento de Gobernador en junio de 1582 y Menéndez de Valdés comenzaría en sus funciones en julio de 1583.

Nos interesa, más que la historia del longevo gobernador que ocupaba ambas posiciones, sus logros y fracasos como gobernador militar y las controversias que provocó su conducta, la información documentada en torno a sus movimientos y peripecias empresariales, al poder económico que iba generando para él y su amplia familia y descendientes y el consecuente prestigio y ascendiente social de que gozaría el apellido en la capital y en todo Puerto Rico a partir de fines del siglo XVI. Después de todo, estaría en el poder desde 1583 hasta 1593, siendo el primer gobernador que ostentaba los dos títulos de referencia y el de más larga duración hasta entonces.

Este fue el mismo Menéndez de Valdés que todavía siendo gobernador, encabezó en octubre de 1592 un listado de firmas de autoridades y vecinos, en la que se avalaba la petición del canónigo Fernando Altamirano, bisznieto de Juan Ponce de León y nieto de García Troche, para ocupar la posición de deán de la catedral de la capital. Lo interesante del caso es que entre los demás firmantes aparece el teniente Benito de la Cruz, el mismo que habíamos encontrado como propietario ausentista en Manatí de una hacienda de conucos y gengibre para ese mismo año de 1592. Es claro que Benito de la Cruz era miembro de la elite del poder en San Juan, encabezada por el gobernador Menéndez de Valdés mismo, a quien obviamente debió conocer y tratar. Esta es una primera conexión documentada que puedo sugerir de lo que luego sería la presencia amplia y poderosa de los Menéndez de Valdés en la región de Manatí. Parece que la conexión pudo haber comenzado con la actividad agrícola en el poblado de su conocido de los círculos del poder en San Juan, Benito de la
Cruz. Si bien no podemos afirmar que la relación San Juan/Manatí entre ambos fuera de índole de negocio empresarial, al menos aparece ese nombre, Benito de la Cruz, relacionado tanto con Manatí como con el gobernador Diego Menéndez de Valdés. [énfasis mío, CRN]

Se sabe que la prolífica familia de los Menéndez de Valdés llegó a dominar la sociedad capitalina en el siglo XVII. La fundadora y principal benefactora del Convento de las Carmelitas era doña Ana de Lansós y Menéndez de Valdés. Su madre era Catalina de Valdés, hija del gobernador Menéndez de Valdés. Había Menéndez de Valdés ocupando puestos de regidores municipales, alcaldes, contadores, canónigos, chantres de la Catedral juristas, bachilleres. El hijo mayor del gobernador, Diego Menéndez de Valdés, fue alcalde y propietario de un ingenio azucarero donde sería posteriormente el pueblo de Bayamón. Pedro Menéndez de Valdés fue clérigo, jurista y bachiller. Una relación de la estructura familiar de Diego Meléndez de Valdés el gobernador, quien estuvo casado originalmente don doña Elena de Valdés, revela que éste procreó once hijos. Ellos y sus descendientes inmediatos fueron los que figuraron tan notablemente en la sociedad y el poder en San Juan a fines del siglo XVI y todo lo largo del siglo XVII. También las mujeres de la familia tuvieron presencia pública importante y pusieron en juego su ascendiente social en ocasiones. Así, en mayo de 1684 figuraron mayoritariamente en una lista de damas firmantes de una carta al Rey, en la que reconocían la labor del gobernador Gaspar Martínez y solicitaban que se le prorrogara en el desempeño de su cargo. Entre las firmantes estaban María del Rosario Menéndez Valdés, Elena Menéndez, Juana de Valdés y Catalina Menéndez Valdés. Como lo expresó el investigador Sebastián González García: "Los Menéndez de Valdés fueron los fundadores o protectores de los conventos de San Francisco y del Carmen y tuvieron siempre significativa representación en las tres fuerzas de la colonia: la iglesia, el ejército y la burocracia fiscal [y] en los cabildos eclesiástico y secular siempre hubo más de un Meléndez de Valdés o aliado". Concluye este autor
añadiendo que "en el predominio sobre las otras familias de la isla, los Menéndez de Valdés fueron los sucesores de los Ponce de León….Ni los Ponce de León ni otras familias después tuvieron la sombra del poder que en sus días ejercieron los Menéndez".

El gobernador Diego Menéndez de Valdés permaneció en la capital de Puerto Rico hasta su muerte, muy anciano, en 1606. Después de retirarse de la gobernación, siguió viviendo en la opulencia, atendiendo y acrecentando sus bienes y fortunas: casas en San Juan, haciendas, estancias y otros negocios, y velando porque sus sucesores retuvieran sus poderes eeconómicos y sociales.

En algún momento indeterminado en el siglo XVII, muy probablemente hacia mediados de la centuria, un ramal de los Menéndez de Valdés de San Juan ya se había establecido en la región de Manatí. Ya fuese porque hubiese que atender y explotar algunas propiedades agrícolas heredadas en la periferia del poblado, ya porque en el proceso natural de expansión económica hacia el oeste de los sucesores en la familia, hayan decidido recalar en el fértil y prometedor lugar, para quedarse. Afortunadamente, he tenido acceso por primera vez a alguna evidencia documental que establece de manera inequívoca la presencia de los Menéndez de Valdés en Manatí en calidad de pobladores y propietarios bien entrado el siglo XVII y los primeros años del XVIII. El prominente historiador andaluz Angel López Cantos localizó en la Sección Santo Domingo, Expediente 70 del Archivo General de Indias de Sevilla, un material que se incorporó al archivo personal en Puerto Rico del Dr. Salvador Padilla Escabí. Ese material me ha sido remitido personalmente por el Dr. Jalil Sued Badillo, quien tuvo acceso al archivo de Padilla. Se trata de un inventario de los bienes en Manatí de Alonso Menéndez de Valdés, en fecha que no se especifica, pero que aparece en una sección de inventarios de bienes embargados entre 1662 y 1720. De modo que los datos que aparecerán a continuación se refieren a propiedades que existieron entre por lo menos esos años, y casi seguramentre antes y después de los mismos. Por ser de interés muy especial, en tanto ayuda a reconstruir imaginativamente todo un universo de vida, vivienda, trabajo y producción para ese período del proceso histórico fiundacional de Manatí, reproduzco el texto completo de la versión y entrega que me facilitó el Dr. Sued Badillo:

"Inventario de bienes de Alonso Menéndez de Valdés hecho por el oidor y visitador Gaspar Pérez Mantillo: En Manatí, una casa grande de madera y la cobija de cogollo con un comedor y sala y aposento, que se llama la casa de la Angostura [de la estancia de la Angostura, a la cual se menciona también como la estancia "de arriba"].
Cuatro peruleras y una tinaja; un sepo grande de capa; una mesita baja con dos taburetes; tres tinas y media canoa de cedro; un guariquiten con su puerta y candado; un ingenio de apretar casabe con tres guayos de hoja de lata; un trapiche de mano de moler caña; dos burenes;un negro llamado Lorenso Angola de edad al parecer de 45 años poco más o menos; otro negro llamado Francisco de nación Angola de edad al parecer de 56 a 58 años, Yten otro negro criollo de edad de doce años poco más o menos llamado Jacinto; una negra llamada Juana de Nación Angola de 45 años poco más o menos; iten, otro negro de Angola llamado Juan Angolo de edad de 60 años al parecer; otro negro llamado Antonio Tari de edad de treinta años poco más o menos; otro negro grifo criollo llamado Francisco de edad de 78 años poco más o menos; se inventarió una tala de montones de yuca de diez meses hasta mil montones poco más o menos; otra tala de yuca de 8 meses de quinientos montones; cuatro almudes de sembradura de maíz de 3 meses que a los 4 se coje; inventariose a Baltasar que dice ser Angola de edad de 28 años; Domingo, de nación Angola de 50 años; Francisca de nación Tari de 40 años; 4396 pies de cacao, los cuales dichos arboles están acabados de___¿____ empieza a florar y esta dicha ¿; [habla de "cacao con su sombra de platanal y"] se sigue un platanal dispuesto para sembrar de cacao que tendrá al parecer hasta ¿ pies; iten, otro platanal que tiene plantado seis meses a esta parte, mil pies de cacao que tarda seis meses y el otro se sigue una arboleda.

Se halló una casa vieja, maltratada, cubierta de cogollo…[la misma casa descrita ya]; Inventariose 4 azadas las tres flamencas pequeñas, la otra española grande; item, 4 hachas viejas, 6 puñales viejos; ¿ de guaraguao viejo, iten una paila grande de a 25 libras con una hendedura; una piedra de amolar; 5 bestias mulares muy buenas y 4 caballos y por declaración del mayordomo ¿ en los pastos de esta ribera otras dos bestias mulares y otros dos caballos, que pudieran ser habidos.

Hato de la Seyba; se inventarió 13 reses, una yunta de bueyes de tiro.

Tasación de las casas [casa] de Alonso Menéndez de Valdés. Los tasadores fueron el maestro albañil Luis Montes de Oca y el alarife Pedro de Parados. Valor del solar: frente de calle 36 pies. Fondo 120. A razón de 4 pesos cada pie monta 144ps. El total de toda la fábrica 1406,5 ps.

Hasta aquí el inventario de las propiedades de Alonso Menéndez de Valdés en Manatí, referido a algún momento entre las últimas décadas del siglo XVII y las dos primeras del siglo XVIII. La información permite sostener con mayor certeza las afirmaciones que siguen. Con sus altas y bajas, en el valle del Manatí hubo una continuidad poblacional desde la aparición allí de Ponce de León y sus acompañantes en 1508. Desde por lo menos hacia mediados del siglo XVII, miembros descendientes de la poderosa y prolífica familia Menéndez de Valdés de San Juan, se habían establecido en Manatí, donde por lo menos uno de ellos, Alonso, su familia y relacionados, establecieron una estancia que producía principalmente casabe a base del cultivo intenso y procesamiento de la yuca. Se cosechaba además cacao, maíz y otros frutos menores. Un pequeño hato llamado "de la Seyba" proveía el alimento de carne y los animales de tiro para las tareas en el campo. Tal parece que esta estancia, "La Angostura", a juzgar por las escasas y cortas cifras de producción que se informan, era casi exclusivamante para el consumo y manutención interna, con alguna ligera actividad comercial comarcana, basada principalmente en el trueque. No hay suficiente información que permita especular sobre la posibilidad de algún nivel de intercambio ilegal por vía del contrabando.

Es de notar el hecho de que se mencionan diez (10) esclavos. Casi todos son originarios de África y de edad avanzada, lo cual podría sugerir que llevaban muchos años como propiedad de los Menéndez de Valdés, ya fuera en otras estancias fuera de Manatí o únicamente en la localidad. Las dos esclavas negras, Juana y Francisca, muy probablemente habrían sido asignadas a las tareas principalmente domésticas. De todos modos, la posesión de diez esclavos en una lejana estancia que era a todas luces de mediana sino de pequeña monta, sugiere que hubo algún nivel de riqueza y presencia social de esta familia en el lugar, en medio de un siglo tan económicamente crítico como lo fue el XVII. Y esto, sin tener disponible másg documentación que detalle propiedades de otros miembros de la familia del mismo apellido en Manatí, que vivieran y trabajaran coetáneamente con Alonso, lo cual es altamente probable, y hasta prácticamente demostrado, a la luz de su presencia y poder posteriores. Era la propensión, costumbre y tradición de este núcleo familiar, tener muchos propietarios en su extenso seno sanguíneo. Por otra parte, no debe pasarse por alto de modo alguno que fue todo el siglo XVII, como se ha subrayado anteriormente, el del predominio socio-económico de los Menéndez de Valdés en San Juan. Añádase, en San Juan y en otras áreas periféricas – entiéndase Manatí – a las que se habrían extendido sus intereses y aventuras empresariales.

Hacia la culminación del proceso fundacional en el siglo XVIII

Historiadores prominentes han señalado la importancia de la explosión poblacional que ocurrió en Puerto Rico en el siglo XVIII, particularmente durante el último tercio de la centuria. No obstante, también se fue notando un crecimiento, aunque todavía lento, significativo, en las primeras décadas del siglo, según han apuntado Padilla y Picó, por ejemplo. Ello parecería responder, además de al crecimiento natural vegetativo, a la insistencia desde la metrópolis, que repercutía en la de las autoridades eclesiásticas y civiles de la colonia, para que se siguiera recogiendo la dispersión poblacional crónica en lugares, poblados o pueblos. Una nota oficial de los gobernadores lo fue esa insistencia en fundar nuevos pueblos, lo cual ocurriría más dramáticamente – como se sabe - en el último tercio del siglo. Pero algunos procesos fundacionales estaban en vías de culminar a durante las primeras décadas.

Evidentemente, para justificar que la historia poblacional y de trabajo de una particular región o partido, condujera a la petición formal para que se reconociera y tramitara la condición oficial de pueblo, hacían falta por lo menos tres factores: un poblamiento y proceso de trabajo y producción relativamente constante y crecientes, la erección de un símbolo tangible de la unidad religiosa y social de la comunidad, que lo era un iglesia o sede parroquial, y el liderato propulsor y motor de la solicitud que condujera a la culminación oficial del proceso. Hay disponible alguna documentación que ha permitido detallar en algo el proceso fundacional culminativo de algunos de estos pueblos. En el caso de Manatí han sido fallidos, hasta el presente que conocemos, los intentos por encontrar la documentación específica y debidamente recopilada y seriada en el Archivo de Indias. Por tanto, en esta como en otras tantas instancias similares, el historiador debe proceder con mucha cautela, con el escaso y disperso material disponible, sugiriendo y atando cabos, pero sin aventurar especulaciones indemostrables y aprovechando la evidencia circunstancial que se proyecta tanto al interior del caso en cuestión, como la que lo rodea en casos comparables; a saber, la de otros pueblos más o menos coetáneos.

¿Cuánto más sabemos hoy del poblamiento de aquella inmensa región de Manatí a comienzos del siglo XVIII, de la cual se formarían posteriormente varios pueblos? Otra vez, recuerdo al lector la estrategia de releer y hacerle nuevas preguntas a los materiales conocidos, y aprovechar aquellos pocos nuevos que van apareciendo. Una pista inicial lo sugiere la presencia desde el siglo XVII de la familia Menéndez de Valdés y su tendencia a retener, ampliar y diversificar los bienes que por herencia fueron pasando entre sus sucesivas generaciones. Propiedad y actividad económica significativa en el poblado en formación quería decir reconocimiento y poder político y social en la comunidad. Y no hay duda, pese a la escasez de información detallada, de que eso iba ocurriendo al abrir el siglo XVIII. Aún en el ámbito eclesiástico, ha aparecido recientemente evidencia de que los apellidos Menéndez y/o Valdés estaban también relacionados en Manatí con la ermita que eventualmente se convertiría en la parroquia. Así lo señala un estudio tan reciente como el 2010: "Juana de Valdés Maldonado (Sor Juana) era prima del racionero Diego de Valdés Ortiz, cuñado a su vez del alcalde ordinario Fernando de Castilla Velázquez, padre este último del capellán de la ermita de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, Diego de Castilla y Valdés. [Énfasis mío, CRN] Los estudios e investigaciones del Párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y el Apóstol San Matías de Manatí, el Rev. P. Emilio Tobar, también han documentado esta instancia. En una gran tarja que aparece en la pared de la derecha de la entrada del templo se lee: "1708. Diego de Castilla y Valdés es capellán de la ermita de la Limpia Concepción de Manatí". Nos enteramos además, de que hubo un Alonso Menéndez de Valdés
que fue contador. Este, o un hijo del mismo nombre, pudo haber sido el Alonso sobre cuyas propiedades en Manatí se ha dado cuenta en este texto. Se habla además de un "Pedro Menéndez de Valdés II", hijo de Alonso, quien pudo haber sido, él o su descendiente del mismo nombre, quien sustentaba el liderato del poblado al momento de la fundación oficial en la década de los 1730's.

Ciertamente, un miembro prominente de esta poderosa familia de pobladores y propietarios principales del valle del Manatí, Pedro Meléndez de Valdés, será designado por el gobernador de Puerto Rico para la posición de líder máximo en el poblado, tal vez hacia fines de 1731, aunque seguramente a comienzos de 1732. Sería el primer Teniente y Capitán a Guerra de Manatí. A este tema volveremos. La fuentes conocidas, especialmente las actas publicadas del Cabildo de San Juan, y algunas nuevas, van revelando nombres de pobladores propietarios (y aspirantes a propietarios) y sus situaciones, reclamos y pleitos por tierras, según nos acercamos al momento de la fundación formal y los años inmediatamente siguientes. En diciembre de 1733 se le concedía en el Cabildo de San Juan al Teniente y Capitán a Guerra, Pedro Menéndez de Valdés, su petición de tierras. Se le adjudica una caballería en el Caño de Talantar, ribera del Manatí. El Capitán de Caballería Sebastián de Villafaña figura entre los otros propietarios principales en la comunidad. Asimismo, el Teniente Pedro Morales del Río. Ambos disputarían por unas tierras ribereñas poco después de la fundación formal, ganando la disputa el teniente Morales. El Teniente de Caballería Ignacio de Villafaña solicitó y obtuvo un hato en Sabana Hoyos, el cual se le concedió "al uso y sin propiedad", como era lo acostumbrado. Asimismo, el párroco oficial a partir del 1738, Padre Juan Álvarez de Oliver, reclamaría tierras en el sitio del Jagual para establecer una estancia, en lugar que reclamaba ser del Alférez Pedro de Otero, dueño del Hato de Siales. Otero le ganaría esta contención al Párroco, a quien le negaron su petición. Sabemos que el Padre Álvarez de Oliver seguía en su parroquia hacia 1750, y no es de extrañar que haya continuado sus gestiones, exitosas o no, para adquirir tierras. Y de esta manera, en la medida en que nuevos descubrimientos documentales lo ilustren, saldrán a flote otros nombres y denominaciones de lugares, que permitirían ampliar el cuadro poblacional y la geografía económica hacia la víspera de 1738 y años inmediatamente siguientes. Serán señalados como otros pobladores que, junto a los mencionados, también lucharon, trabajaron y disputaron: Marcos Miranda (y otros dueños) del hato y criadero de Manatí Abajo; Juan Ramos; Alberto Espino; Juan Carrión (socio de Sebastián de Villafaña) y el Teniente y Capitán a Guerra Manuel Meléndez de Valdés, dueño del hato La Potrada. Nótese la reiteración de los Menéndez de Valdés en la Tenencia a Guerra de Manatí. Los nombres y lugares adicionales que surgen en las dos décadas inmediatas que siguieron al 1738 también revelan personas y lugares pertinentes al período fundacional que se reseña, puesto que, obviamente, tanto los mencionados como las propiedades y lugares de referencia existían hacía muchos años, transmitiéndose por herencia. En abril de 1762 se le concedió a Bernabé de Figueroa una opción a criadero de cerdos en la Monterías del Pasto y Sitio del Hoyo; en septiembre de ese mismo año, Juan de Andino, a nombre de los dueños del Hato de los Siales, solicitaba la mudanza de ese asiento a otro lugar inmediato; en febrero de 1763 se le da al Sargento Pedro de Otero el derecho de hato y criadero en la Yeguadilla en Manatí; en 1765 Felipe Rodríguez consigue permiso para montar un corral de pesca en "Voca Manatí"; en julio de 1767 Felipe Otero solicita y poco después obtiene permiso para montar un hato en Mata de la Demajagua, en la ribera del Río Manatí.

Escribe el máximo especialista en la historia de Puerto Rico en el siglo XVIII, Angel López Cantos, una certera síntesis de lo que sería en general el proceso fundacional de pueblos hasta esa época: "Durante el proceso de la conversión de hatos en partidos van surgiendo las ermitas. Y así comprobamos que a partir de 1720 aparecen en el partido de San Juan, la de Cangrejos y las dos de Caguas, Manatí y Arecibo, y en San Germán, las de Mayagüez
y Yauco. Las ermitas eran pequeñas iglesias que [al principio] 'más pueden llamarse casa de paja o bohío indecente', que se constituían en núcleos de los futuros partidos.
A su alrededor se irán fraguando los nuevos asentamientos, minúsculos en un principio, y con el transcurrir de los años en partidos con identidad definida. Y de ahí a la segregación y constitución de un nuevo pueblo sólo era un paso, si bien la cristalización podía ser más o menos larga". Las ermitas, en tanto lugares de culto en los campos, se convirtieron gradualmente en los fundamentos de las eventuales parroquias con sus particulares advocaciones y patronímicos.

¿Qué decir de la historia de la ermita de Manatí, en tanto constitutiva del simbolo tangible de la unidad religiosa que se pretendía fomentar? En páginas anteriores se han expuesto algunos datos relativos a sus orígenes y presencia, siempre asociada al partido de Arecibo, hasta entrado el siglo XVII. Su continuidad a comienzos del XVIII está clara. Hemos identificado arriba el nombre del capellán y de la ermita misma en 1708: Nuestra Señora de la Limpia Concepción. La documenta también el Obispo Fray Fernando de Valdivia, quien afirma que encontró (en Manatí) una ermita adscrita eclesiásticamente al partido de Arecibo en su visita de 1720. En la visita a Arecibo de enero de 1729 el Obispo Fray Sebastían Lorenzo Pizarro confirma la existencia de la capellanía en Manatí, y ordena que su capellán, y todos los demás, pasen a residir en sus respectivas ermitas. Y el historiador Álvaro Huerga en efecto confirma que el Obispo Pizarro, en su vista pastoral a Manatí, estuvo en la ermita dedicada a la Concepción. La fuente de Huerga en este caso lo fue: AGI, Santo Domingo, Exp. 575, s.f.) Por su parte, el Rev. Padre Tobar ha señalado que la estructura era objeto de modificaciones y ampliaciones precisamente a lo largo de la década de 1720, incluyendo el año de la visita de Pizarro, 1729.

La historia más a fondo y en detalle de la ermita de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, luego iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Candelaria y San Matías Apóstol, ha sido y sigue siendo objeto de investigaciones documentales y exploraciones arqueológicas in situ por parte del párroco, Rev. Padre Emilio Tobar. Con extremo celo y dedicación, su trabajo no termina, y consecuentemente esta disponible para explicar a los interesados lo esencial de sus hallazgos, especialmente los arqueológicos, con algunos de los cuales ha montado un pequeño pero importante museo al lado derecho de la entrada principal. Por otra parte, es muy aleccionador y complementario para el estudioso, la manera en que se exiben parte de las paredes y materiales de construcción descubiertos, especialmente de la primitiva ermita misma, que está expuesta al público, y las tarjas y losas explicativas de personas allí yacentes y de eventos históricos atinentes a la estructura. Cuando el Padre Tobar tenga la oportunidad y ocasión de hacer público el texto que ha ido acumulando en torno a sus laboriosos y detallados trabajos, tendremos la oportunidad de apreciar mejor lo que iban haciendo los pobladores de aquel Manatí en formación con su iglesia, desde el siglo XVI hasta las tres primeras décadas del XVIII. Lo mucho que desconozco sobre el tema para efectos de este texto, está allí, en la mente y los escritos del Padre Tobar, y en las piedras, paredes, losas y reliquias que nos ha develado, cuya contemplación nos transportan y nos permiten imaginar con mayor color la mera historia documental que solemos manejar.

Nos acercamos al momento de la culminación del proceso fundacional. Han transcurrido 230 años desde que Ponce de León y sus acompañantes intentaron sentar plaza en la boca del Río Manatí y sus alrededores. Los pobladores y sus descendientes han persistido. Tanto los propietarios grandes y medianos como los pequeños, y hasta los muchos desposeídos que están en un trasfondo inédito, han trabajado intensamente por muchos años la tierra y sus frutos, la ganadería en su amplia diversidad y las posibilidades alimenticias que proveían las aguas y orillas del caudaloso Río Manatí. Al mismo tiempo, se iba consolidando y ampliando la ermita que servía de símbolo representativo y de solidaridad religiosa de la comunidad. A medida que ocurría la transición fisica de la ermita a iglesia en sí, con sus ampliaciones, también se iba convirtiendo esta institución en el cementerio del poblado, con las acostumbradas divisiones socio-económicas de lo entierros en sus predios. Así se puede apreciar hoy como resultado de los trabajos del Padre Tobar, y según lo consigna por esctrito una investigadora: "El piso de la iglesia era dividido
por tramos. El primer tramo era todo el espacio ubicado frente al altar mayor. En este tramo se enterraba a los fundadores, propietarios de hatos, hacendados, estancieros o personas que por su riqueza pudieran pagar el importe por ese privilegio. El segundo tramo era el que formaba el cuerpo de la iglesia. Aquí se enterraba a las personas de mediana riqueza; y por último, el tercer tramo, que era el espacio de los pobres y correspondía a aquél disponible junto a la puerta mayor de la iglesia y, en la mayoría de los casos, en los alrededores" [del atrio].

Hacía falta la consolidación del control político, militar, judicial, policial y social de la región por parte del estado, con la presencia y acción del tipo de funcionario designado, que para todas estas responsabilidades representara a la figura del Gobernador de Puerto Rico, a su vez delegado ejecutor de la suprema voluntad real de la monarquía española en toda la colonia. A medida que crecían los poblados, se hacía más evidente la necesidad de la acción de estos funcionarios que impusieran orden a las cuestiones administrativas, militares y judiciales de la dinámica y las controversias que la población local generaban. Por algún tiempo en el siglo XVII se recurrió a algunos militares de baja graduación, "cabos a guerra", "justicias"; pero ya para fines de la centuria se iba imponiendo una nueva figura. Una investigadora muy reconocida del tema, la Dra. Aída Caro Costas [R.I.P.], establece que hacia septiembre 1692 el Gobernador Gaspar de Arredondo constituiría los poblados en unos partidos cívico-militares que serían dirigidos por Tenientes a Guerra. En realidad, según nos explicó muchas veces Padilla Escabí, el título largo original sería Teniente de Gobernador y Capitán a Guerra, lo cual se fue contrayendo primero a Teniente y Capitán a Guerra y finalmente a Teniente a Guerra. Así escribe la Dra. Caro Costas: "…sometió
a los vecinos y residentes de cada término a la autoridad de un delegado de la Capitanía General, o Teniente a Guerra, con carácter de alcalde [énfasis mío, CRN], juez de paz y de policía, auxiliar de las alcaldías ordinarias de la Ciudad y la Villa en materia criminal y con jurisdicción contenciosa, en demandas que no excediesen de cincuenta pesos. Eran además y principalmente estos funcionarios, Sargentos de la Milicia Urbana, formada en cada partido por personas blancas y libres, de diez y seis a sesenta años de edad, regimentadas por compañias con sus capitanes, tenientes y cabos de escuadra; milicia obligada a turnar en la prestación de todas las cargas vecinales, apertura y arreglo de caminos, persecución de malhechores, conducción de presos y correspondencia oficial y mantenimiento del orden público, amén de la defensa territorial en caso de guerra". Cada Teniente a Guerra sería designado personalmente por el Gobernador y actuaría no solamente como su representante de confianza en cada poblado, sino como su ciudadano principal, a quien estarían subordinadas todas las cuestiones e iniciativas locales, tal como se describen en el texto recién citado. La suprema autoridad de los monarcas desde la lejana metrópolis empoderaba y obligaba al gobernador acá en la capital, y éste a su vez hacía lo propio con su alter ego, el Teniente a Guerra.

En el caso de Manatí, las investigación citada de Padilla Escabí en el Archivo de Indias ya había descubierto que esta comunidad funcionaba y se le reconocía de facto como un pueblo desde 1733, si no antes, en 1732. Aún con la escasa evidencia publicada disponible en Puerto Rico, es obvio que Padilla tenía razón. Se desconoce la fecha precisa en la que se designó el primer Teniente a Guerra de Manatí. Podría especularse que ello pudo ocurrir a fines del siglo XVII o durante las primeras dos décadas del siglo XVIII, aunque sobre este particular no he podido compulsar evidencia alguna que así lo sugiera. No obstante, ya sabemos que tal vez a fines de 1731, y seguramente a comienzos de 1732, el Teniente a Guerra de Manatí era un vástago de la poderosa y muy presente familia de los Menéndez de Valdés: Pedro Menéndez de Valdés. Coll y Toste cita de un expediente hecho en San Germán en octubre de 1785, y dice que del mismo se desprende "que el
fundador del pueblo de Manatí fue don Pedro Menéndez [sic], su primer Teniente a Guerra. Los testigos aseguraron que conocían a don José Menéndez Valdés [sic] y doña Agueda de Rivera, vecinos del partido de Manatí. Que conocieron a don Pedro Menéndez de Valdés, padre de don José, quien fue el fundador del pueblo de Manatí y su primer Teniente a Guerra y que conocieron a su esposa doña Luisa Teresa de Mirabal".

Ya iban apareciendo desde temprano en 1732 iniciativas de Menéndez de Valdés en su capacidad de líder de la comunidad, que eran cónsonas con las responsabilidades señaladas del cargo. Así, vemos cómo ejerce su iniciativa entre enero y abril de ese año. El Cabildo de San Juan había decidido ordenar una derrama o contribución especial de 2,880 pesos para reedificar la calzada y puente de San Antonio, que era un acceso muy importante a la isleta. La Villa de San Germán y los "pueblos" de Aguada, Ponce, Arecibo, Coamo, Toa, Caguas, Loíza, Añasco, Guaynabo y Manatí deberían formar una lista "de los vecindarios de los respectivos pueblos" y designar cada uno un diputado que representaría a la localidad en el Cabildo de San Juan. Allí, al examinarse las listas que llevaron los diputados, claramente para decidirse a cuáles de los ciudadanos pudientes se les cobraría la derrama, se tomó la decisión. Se determinó que un total de 1,562 vecinos serían los que tendrían que contribuir, resultando que le tocó a cada uno a razón de catorce reales y tres cuartillos. Se acordó que la derrama se habría cobrado para los primeros días de 1733 y que "las justicias y tenientes" [i.e., los Tenientes a Guerra] de los partidos irían enviando el dinero que se fuese cobrando en el intermedio para que se pudiera empezar la obra. Menéndez de Valdés, en tanto principal autoridad militar del pueblo en su capacidad de jefe de la Milicia Urbana, nombró para estas gestiones, como diputado suyo por Manatí en el Cabildo de San Juan, al Capitán de Caballería Sebastián de Villafaña, quien fue uno de los firmantes del acuerdo en la capital el 25 de abril de 1732. Villafaña representó al Teniente a Guerra Menéndez de Valdés por designación de éste, quien sería el responsable de que se materializaran los acuerdos, incluyendo el de asegurarse de que los vecinos señalados fueran depositando la parte que les tocaba.

Quien había designado como Teniente a Guerra de Manatí a Pedro Menéndez de Valdés lo fue el el Gobernador don Matías de Abadía, Sargento Mayor del Regimiento de Infantería de Saboya, quien a los pocos años de su tenencia había sido ascendido al rango de Teniente Coronel y en 1740 al de Brigadier. Su nombramiento decía que ejercería por aproximadamente cinco años o más, según fuera la voluntad del Rey. Sería Gobernador desde 1731 hasta 1743. Falleció en Puerto Rico. La Real Cédula de su nombramiento data del 22 de abril de 1731 y no arribó a San Juan sino hasta el 11 de octubre del mismo año. Abadía fue un gobernador muy hábil para hacer relaciones con los grupos dominantes de los pueblos y para valerse de su apoyo con miras a enriquecerse. Contrario a su predecesor, José Antonio de Mendizábal, quien fue aliado y beneficiario del rico y poderoso armador de corso, Miguel Enríquez, Abadía percibió las oportunidades de valerse de parte de la riqueza de Enríquez, uniéndose al coro de pretendientes al mismo objetivo, de grupos interesados en la capital. De hecho, sostiene el especialista en la vida y época de Enríquez, Angel López Cantos, que según se iba apagando la buena estrella de Miguel Enríquez, la del gobernador "se encendía más y más". Aunque no se dice explícitamente, también se sugiere que era, como casi todos los gobernadores, muy interesadamente condescendiente con las actividades del contrabando que dominaban la economía de la isla. Su larga permanencia en el poder tuvo el aval de los grupos de interés en los pueblos, que consistentemente solicitaban y lograban prórrogas para su mandato. López Cantos cualifica retóricamente de "sospechosas" muchas de sus actuaciones, aunque en las relacionadas con Enríquez es muy claro: "El gobernador se interesó personal y crematísticamente por el corso. Pronto comprendió que era una actividad bien lucrativa. No la realizó en nombre propio, sino por medio de testaferros, con los que compartía pérdidas y ganancias. Los buscó entre los criados de Enríquez por conocer el oficio….Sus actuaciones fueron tan irregulares como las del mulato. Usaron el corso para hacer contrabando y simularon capturas que luego conducían a San Juan
'como efectos de corso'".

No es casualidad que al igual que Mendizábal, Abadía fuera objeto de frecuentes halagos, reconocimientos y peticiones de prórroga para su mandato, por parte de los grupos dominantes en el poder en San Juan y los demás pueblos. En el Catálogo de las Cartas y Peticiones del Cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico en el Archivo General de Indias (Siglos XVI-XVIII) aparece una relación cronológica que documenta la aseveración: 11 de septiembre de 1732, gracias por la acertada selección del gobernador; 27 de julio de 1733, por el buen proceder del gobernador; 17 de diciembre de 1733, por sus buenos procedimientos; 16 de diciembre de 133, idem; una serie de ocho (8) instancias entre septiembre y octubre de 1733, que corren unidas: los militares de San Germán alaban su actuación; idem del Cabildo de San Germán; idem de los oficiales militares de Ponce; idem del vicario y juez eclesiástico de San Germán; idem del prior del convento de Santo Domingo en San Germán; idem de los oficiales militares de Coamo; idem de los oficiales militares de Arecibo; idem del Cabildo de San Germán. Para el año de 1735 hay una serie de doce (12) cartas/peticiones para que se prorrogue en su cargo a Matías de Abadía. El patrón sigue. Las envían los cabildos y las autoridades militares. No obstante, aparece un nuevo elemento en estos documentos. Hay cartas/peticiones de cuatro "vecindarios", Aguada, Añasco, Arecibo y Manatí, los que, por cierto se han consolidado como pueblos con la bendición de Matías de Abadía. El documento clave al que se refiere el Catálogo…y que me interesó por su relación con Manatí en este contexto, es el siguiente: Carta del vecindario del pueblo de San Matías a S. M. 2 junio 1735. Idem. 2 fols. Manatí se une a la serie de cartas/peticiones para que se prorrogue la gobernación de Matías de Abadía, en un documento de dos folios con fecha del 2 de junio de 1735. Pero observe el lector: la referencia es al pueblo de San Matías a mediados de 1735. Casi todos los demás pueblos de las cartas tienen sus patronímicos señalados y hoy día muy conocidos. Pero, ¿por qué se habla de "pueblo de San Matías" y no del "pueblo de Manatí de San Matías"? ¿Qué significa esto?

Inmediatamente me percaté de que era indispensable localizar esta carta a que se feriere el Catálogo…, en su fuente original, el Archivo General de Indias de Sevilla. Este servicio se lo solicité al Historiador Oficial de Puerto Rico y Director de la Academia Puertorriqueña de la Historia, en cuya institución comparto con él una silla, el Dr. Luis E. González Vales. Este, muy gentilmente, procedió a hacer la solicitud de gestión de fotocopias en el Archivo de Indias de Sevilla al distinguido colega historiador español, quien ha escrito libros y otros trabajos sobre Puerto Rico, Dr. Bibiano Torres Ramírez. Estuve esperando el resultado de mi solicitud con sumo interés, puesto que seguramente habría en el documento, aunque breve, de dos folios, nuevas revelaciones que aclarasen bastante lo que, siguiendo a Padilla Escabí, he estado llamando la etapa culminativa del proceso fundacional.

Invito a los lectores a leer con atención este documento totalmente inédito y que se publica aquí por primera vez en mi transcripción, de manera que se le pueda ubicar en el contexto del discurso que he estado desarrollando a lo largo de este ensayo. A continuación, mi transcripción al español moderno, obviando modismos, completando las abreviaturas y apócopes usados, señalando las partes ininteligibles con líneas en blanco, y en letras negritas. La fuente es la siguiente: Archivo General de Indias, Sección Santo Domingo, Expediente 555

Consulta en que a Su Majestad que Dios Guarde informan los vecinos del pueblo de San Matías en esta Isla de Puerto Rico de las operaciones del Teniente Coronel Don Matías de Abadía, Gobernador y Capitán General en ella y suplican se sirva Su Majestad de ampliarle el Gobierno, para el establecimiento de los beneficios que se expresan

Señor:

Rendidos a las plantas de Vuestra Real Majestad el Teniente y Capitán a Guerra y demás jefes militares de esta nueva población de Nuestra Señora de Candelaria y el Apóstol San Matías en esta Isla de San Juan_______________ si, y en nombre (de) sus moradores ponen en la Real noticia de Vuestra Majestad cómo el Teniente Coronel Don Matías de Abadía, Gobernador y Capitán General y Ministro de Vuestra Majestad en el tiempo de cerca de cuatro años que ejerce su empleo en esta dicha Isla ha desempeñado el _________de su obligación, mostrándose Leal Vasallo de Vuestra Majestad, Padre y juez de la República, administrando justicia y piedad, fomentando la población que halló y las que se han formado en su tiempo, de modo que se experimenta crece [sic: debió ser "crecimiento"] en esta nuestra Isla siendo el principal medio de ello; la afabilidad en su obrar, con cuya estudiosa maña ha desarraigado en mucha parte las discordias y sembrado la paz, de modo que por lo general todos los habitantes tienen consuelo; más como quiera que para perfeccionar estos beneficios es necesario [imponer lo] correspondiente temerosos de que no se malogren; con la esperanza en la Real benignidad de Vuestra Majestad llegamos a suplicar se digne Vuestra Real Justificación de ampliarle el Gobierno. Así lo confiamos de Vuestra Real Magnificencia________; para el mayor alivio de los havitadores [sic] en sus trabajos; o lo que fuere del mayor agrado de Vuestra Real Magnificencia que Dios Nuestro Señor Guarde
para aumento de la cristiandad y amparo de leales vasallos; en San Matías junio 2
del 1735 [el año, subrayado]

                            Señor


 

[siguen las firmas]:

Pedro Menéndez de Valdés            Manuel de [¿] iago [¿Santiago?]

[Ininteligible] [rúbrica]                [rúbrica]

Francisco López de [¿]                Francisco Serrano Bracero

Sebastián de Villafaña [rúbrica]        [rúbrica]

[ininteligible] [rúbrica]                Pedro Rodríguez [rúbrica]

Son ocho (8) los firmantes de este contundente documento inédito, del cual no he podido descifrar dos de los nombres, y que eran todos, según lo indican al principio, los jefes militares del pueblo. Naturalmente, la firma que encabeza el escrito es la del jefe militar supremo del pueblo, que lo era el Teniente a Guerra Pedro Menéndez de Valdés. El documento se firma el 2 de junio de 1735 en el pueblo de San Matías. Es una petición de los principales líderes militares, a nombre de todos los vecinos, de esta nueva población de Nuestra Señora de [la] Candelaria y Apóstol San Matías. Nótese que la carta no cierra señalando que se emite y firma desde la población con el nombre largo que acabo de entrar en negritas, sino que dice que es simplemente desde San Matías. No puedo dejar de pensar que algo significa esa primacía que se le da al San Matías, cuyo dato me induce a sugerir una hipótesis que expondré más adelante.

Este documento sin duda alguna confirma que Manatí existía como pueblo ejerciendo sus funciones y reconocido como tal, y con el patronímico de ambos santos, desde por lo menos el verano de 1735, si no antes. Existía como pueblo reconocido desde el momento a comienzos de 1732 en que Matías de Abadía nombró a Menéndez de Valdés, con la casi certeza de que fue el primero, Teniente a Guerra de Manatí. Lo que no podemos afirmar por falta de prueba documental es la fecha precisa en que el pueblo comenzó a denominarse como de la Candelaria y el Apóstol San Matías. Pudo ser en cualquier momento desde 1732. Solo que nos enteramos de ello en este documento de 1735. Por lo tanto, queda demostrado que no fue a partir de 1738 que la iglesia de Manatí se dedicó a Nuestrra Señora de la Candelaria y San Matías Apóstol, sino en algún momento entre 1732 y el verano de 1735. Nótese que esta carta de 1735 habla de la nueva población. Hay que tener la precaución de no saltar a la conclusión precipitada de que en este contexto la palabra nueva signifique necesariamente que fue en ese mismo año de 1735 que se dedicó la iglesia a ambos santos, comenzando desde entonces la denominación dual que conocemos hasta hoy. La palabra nueva podría referirse, como cuestión de lógica, a algunos pocos años antes del 1735, y seguir apuntando a un pueblo que había sido reconocido como tal y que era, en efecto, reciente, nuevo.

Por otra parte, no puede cuestionarse el hecho de que la persona que estaba a la cabeza de todo el engranaje del poder y las responsabilidades comunitarias, a quien respondían sus subordinados militares (los demás firmantes de la carta), lo fue el descendiente de la poderosa, prolífica y muy bien relacionada familia de los Menéndez de Valdés, Pedro Menéndez de Valdés. Cuando el historiador profesional insiste, como debe hacerlo, en que lo que ocurrió fue un proceso fundacional largo, no es para él un asunto de sustantiva importancia decir quién fue "el fundador" de tal o cual pueblo. A muy largo plazo, fueron todos los seres humanos que allí llegaron desde 1508. A mediano plazo, los que persistieron y los demás que llegaron para quedarse y trabajar, dejando sus semillas en la tierra y en la sangre de sus sucesores. A corto plazo, todos los pobladores que estaban allí en la transición del siglo XVII al XVIII y la disposición, impulso, supervisión, y hasta los intereses, del gobernador de turno, factor que suele obviarse. Entre los principales pobladores hubo alguna minoría que se destacó por su riqueza, poder social e iniciativas. Se nombró a un líder que tenía la confianza del poder absoluto que emanaba del Gobernador, en este caso Matías de Abadía. El privilegio de estar a la cabeza, evidentemente, al momento del nacimiento de Manatí como pueblo reconocido y con sus dos santos patronos en esos primeros años de la década de 1730, correspondió a Pedro Menéndez de Valdés. En ultima instancia, todos los pobladores presentes y activos en aquel momento fueron los fundadores, alentados por la mentalidad colonizadora y fundadora de Matías de Abadía. La historia no se puede simplificar buscando quien fue "el fundador" de tal o cual pueblo, reitero, o sugiriendo tal o cual nombre específico sin evidencia documental y contextual definitivas. Hasta el presente ninguno de los investigadores que lo han intentado, ha logrado encontrar los expedientes y legajos específicos, si existiesen, que recojan los detalles de la fundación de Manatí en términos de nombres y de procedimientos concretos que se siguieron. López Cantos, Padilla Escabí y el Rev. Padre Tobar no han dado con esta documentación. De hecho, el P. Tobar concluye que, pese a que Matías de Abadía se apoyó en una Real Cédula firmada en San Lorenzo del Escorial el 18 de octubre de 1733 que le instaba a fomentar la población y fundación de pueblos, "no hubo una Cédula Real especial para fundar el pueblo de Manatí". [Énfasis mío, CRN] Hasta la fecha, se puede sustentar esta contención, aunque yo personalmente prefiera pensar que en el futuro no lejano pudiese despejarse la incógnita con algún hallazgo definitivo. En mi caso, por lo pronto, creo haber articulado y contextualizado la información y documentación que tenemos disponible hoy. En ese sentido, no necesita
más elaboración la propuesta de que fue Menéndez de Valdés el
principal entre
los fundadores; esto es, quien presidía la culminación del largo proceso en que tanto he insistido.

Manatí tenía, pues, sus dos santos, Nuestra Señora de la Candelaria, patrona de las Islas Canarias, y San Matías Apóstol, el sucesor, según la leyenda, del apóstol traidor, Judas Iscariote. Se podría argumetar, aunque habría que probarlo, que la advocación de la patrona de las canarias advino a Manatí tal vez por alguna solicitud o propuesta de sus residentes de origen canario. No tengo evidencia sobre el particular. ¿Y qué decir del patronímico San Matías? ¿Por qué ese y no otro? Propongo la hipótesis de que se trata de un patronímico que se adoptó como reconocimiento y halago al gobernador Matías de Abadía. Fue tanta la astucia y las buenas relaciones que, para adelantar sus intereses, manipuló el gobernador desde que llegó, como demuestra López Cantos, que le sobraron los halagos, reconocimientos y peticiones para su permanencia. Llamar San Matías al pueblo que se reconocía como tal bajo la incumbencia de este gobernador, que ciertamente se caracterizó, por las razones que fueran, por su impulso colonizador y fundador de pueblos, habría ayudado mucho a que Abadía movilizara y ordenara proceder con los mecanismos administrativos y burocráticos conducentes a la fundación y reconocimiento de la nueva entidad municipal. La historia de la fundación de los pueblos de Puerto Rico no está exenta de otros nombres de pueblos (o de intentos fallidos de fundación) que llevan el nombre de algún gobernador o personalidad importante del círculo del poder en la metrópolis, en su denominación. Observe con atención el lector la retahila de melosas y bellas frases que destila la carta con relación a este Matías, que de santo no tenía ningún indicio: leal vasallo; ministro de justicia y piedad; fomento de las poblaciones que halló y de las que se formaron en su tenencia; afabilidad en su obrar; desarraigaba discordias; sembrador de paz. ¿Qué mejor estrategia que eternizar su primer nombre, Matías, en el pueblo que teme que se malogren los efectos de sus bondades, si no se le retiene en la gobernación?

Otro aporte de las investigaciones del P. Tobar consiste en su hallazgo del documento que demuestra la ocasión del nombramiento del primer párroco de Manatí, momento en que la ya existente iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y San Matías Apóstol adquiere la calidad de Parroquia con carácter propio e independiente de Arecibo. El Obispo de Puerto Rico, Francisco Pérez Lozano, tomó posesión el 13 de febrero de 1738. El día 15 del mismo mes y año le escribe al Rey informándole del nombramiento que ha hecho del Licenciado Juan Álvarez de Oliver, Pbro.,
"para servir y administrar dicho curato". Con este último paso procesal de febrero de 1738 se completaba la larga carrera histórica de Manatí hacia su existencia legal, administrativa, gubernativa y eclesiásticamente reconocida en el concierto de la municipalidades nacientes a comienzos del siglo XIX en Puerto Rico. La conversión oficial en parroquia de la iglesia que seguía construyéndose y ampliándose, fue el toque final simbólico. Por eso el P. Nicolás Quiñones, de Arecibo, podía escribirle en junio de 1738 a su colega, "el Padre cura del nuevo pueblo de Manatí". Pero ya la palabra "nuevo" podía referirse tanto a los años iniciales de la década como al '38, hacia el cierre de la misma.

Unas líneas como epílogo

Al bautismo simbólico/formal de Manatí en febrero 1738 siguió una serie de calamidades. En ese año hubo plagas de gusanos y dos temporales en la Isla. El pueblo enfrentaba una vez más las tradicionales dificultades de todos los núcleos nacientes. Pero apenas medio siglo después, según lo recoge Fray Iñigo Abbad en su historia de 1788, hay señales de cómo la municipalidad luchaba y progresaba, aunque a los muy modestos niveles que era posible entonces. Había 447 familias con 3,096 almas; cifra que, por cierto, puede sugerir al lector alguna base para un cálculo aproximado de cuántas pudo haber en los años treinta del siglo al momento de la fundación formal. Abbad destaca la amplitud de las vegas de Manatí, su riqueza agrícola y ganadera y las posibilidades de explotación económica de su extensa área montañosa. El pueblo en sí constaba solamente de "cuatro hileras de casas que forman un espacioso cuadro";
descripción que podría ayudar al lector a pensar cuánto más pobre y primitiva debió ser la misma escena hacia 1730-1738. Resalta el primer historiador de Puerto Rico, no obstante, la calidad de la iglesia. En el centro del cuadro había una gran plaza "y en medio de ésta en sitio algo elevado sobre pretiles, está edificada la iglesia parroquial, que es la más bien construida, hermosa y capaz de toda la isla". Así de adelantada andaba al acercarse el cierre del siglo XVIII la que fue aquella ermita, cuyos lejanos y vagos orígenes y desarrollo se han reseñado.

Manatí, la Atenas de Puerto Rico, tiene una historia compleja, rica y muy importante en el tejido y conjunto del devenir de la patria puertorriqueña. El largo proceso que conduce a su fundación explica mucho de los fundamentos que sustentan sus logros posteriores. Pero la búsqueda de mayores fuentes y documentaciones para aportar más particulares y color a aquellos pilares iniciales, no puede terminar nunca. Es un reto que todas las generaciones de estudiosos manatieños, y no manatieños también, tenemos que aceptar.